marzo 06, 2016

Primer día II

Entramos al Jardín juntos pero separados. Salimos del Jardín juntos y abrazados, agarrándolo al otro cuando llegábamos a los cruces de vía para que tuviera cuidado, riéndonos de chistes o de cosas, y yo me acostumbraba a vos pidiéndome besos con la cara, y a darte en tiempo y forma. Habíamos decidido ir a comer algo para el almuerzo, así que volvimos al centro y empezamos a recorrer lugares en donde comer.
Después de pasar por varios locales y contemplar distintas comidas, dejaste que te convenciera de entrar a un Subway. Me sorprendió que no supieras como funcionaba el negocio, nunca habías entrado a uno en tu vida. Elegimos dos sándwiches que nos gustaban, y buscamos un lugar donde sentarnos tranquilos a comer. Decidimos que comer en el obelisco era la mejor idea, era suficientemente tranquilo como para almorzar sentados allí, y suficientemente turístico como para que fuera parte de nuestro tour de BsAs.
Una vez allá y sentados de piernas cruzadas, comimos, conversamos y nos reímos. Fue minutos después de terminar a comer que el sueño decidió volver a nuestras vidas. Era entendible, yo había descansado poco y nada mientras viajaba desde de mi pais, y vos no habías dormido tanto como hubieras querido, ademas de levantarte temprano para ir a encontrarme. No solo eso, sabemos que a la noche probablemente tendríamos una reunión para cenar con otra gente de Buenos Aires y que podía irse hasta horas de la madrugada, con lo que la necesidad de descansar se hacia más grande.
La idea salió pura, sin segundas intenciones ni planes escondidos. "La habitación de hotel tiene espacio para los dos, ¿querés ir y nos tomamos una siesta?" Inmediatamente me di cuenta como se podía entender esa invitación, y te aclaré que era puramente eso, una invitación a sistar y nada más. 
Al principio no estabas segura que responder, pero luego de hablarlo unos minutos decidiste que sería la mejor idea. Iríamos al hotel, tomaríamos una siesta rápida, y luego te marcharías a la casa de tu amiga, en donde te estabas quedando, para encontrarnos luego en la reunión.
Fuimos hacia el hotel, nos dimos algún beso ligero en el camino y el ascensor, y llegamos a la habitación. Era una habitación común, aún para ser de un hotel cuatro estrellas. Tenia televisión, aire acondicionado, un placard con espacio para colgar camisas y sacos, un baño con bañera y una cama de dos plazas con un enorme espejo frente a ella, del lado derecho. Yo sabia que no había pagado una habitación de un lujo altísimo, pero estaba contento con la que me había tocado. Una vez que terminamos de hablar de la habitación, nos dispusimos a dormir. Yo cerré un poco las cortinas para que no entrara tanta luz, fui al baño a cepillarme los dientes y cuando salí te vi sentada a los pies de la cama.
Te incorporaste mientras me acercaba, y nos dimos un beso. Ese beso arrancó ligero, pero no termino como así: seguimos besandonos, ahi, parados a un lado de la cama, hasta que te fuiste para atras conmigo en tus brazos, como llevándome. Yo me encontré sobre ti mientras nos besábamos sin pausa y la temperatura subía. Seguimos besándonos y moviéndonos el uno con el otro, sin cambiar el hecho de que todavía estaba sobre ti, hasta que te separaste y dijiste "Pará pará pará!" Yo no entendí que pasaba, estábamos besándonos, nada más. "¿Que querés hacer?" me preguntaste, "Yo quiero dormir contigo" respondí de forma diplomática. Acto seguido te agarraste la cabeza y emitiste un sonido como de hastío contra mi forma de hablar. "Esta bien" dijiste, como autorizando lo que estaba por pasar. Te soy sincero, cuando dije "dormir contigo", me refería a la siesta de la que habíamos hablado, aunque reconozco que partes de mi cuerpo exigían que fuera el doble sentido lo que te proponía.
Me besaste, ya era otra la intensidad. Nos besamos hasta que te separaste de mi y me dijiste "podrías desvestirme", a lo que yo respondí sacándote la remera y volviendo a tus labios. Tu me quitaste mi remera, y luego mi pantalón. Entre cada ropa que nos sacabamos, teníamos besos intensos. Te diste cuenta que me costaba sacarte el sostén, así que ofreciste quitártelo tú misma, lo que agradecí, y quedé mesmerizado con tu cuerpo. A los dos nos quedaba solo una prenda puesta, y entre besos y manos, quedamos sin nada. Tomaste el cargo de profesora y yo el de alumno, otra vez el inexperimentado era yo, y otra vez como con los besos y de una forma muy cariñosa me enseñaste lo que necesitaba saber. Lo hicimos ahí sobre la cama, los dos descubriéndonos y maravillados con el otro. Fue raro, fue increíble, fue hermoso, fue una suma gigante de cosas, y no encuentro todas las palabras para describirlo de todas formas. Creo que ademas de todo, estábamos fascinados por la confianza que ya teníamos en el otro, horas después de conocernos. Esa facilidad que teníamos para encajar tan bien con el otro no tenia igual. Nos quedamos así, embobados, mirándonos a los ojos acostados de lado, frente a frente a centímetros de la cara del otro, sonriendo. Sonriendo y mirándonos a los ojos, hablando en un idioma que no necesita palabras. Habíamos llegado a un estado de entendimiento tal, que podíamos ver como el estado de embobe y maravilla que tenia cada uno era experimentado por el otro justo frente a nuestros ojos.
Nos dimos cuenta mucho después que habíamos pasado la mayor parte de la tarde en la habitación.
Nunca había vivido otra situación que me demostrara con tal fuerza que el tiempo vuela cuando se pasa bien.

diciembre 06, 2015

Primer día

El primer día cayó a mediados de octubre, empezó casi ocho horas antes de vernos y en otro país.
Empezó con un viaje, primero en automóvil, luego en ómnibus, siguió en barco, y terminó con un micro bus.
Cada vez que hubo un cambio de medio de transporte, hubieron pausas de alrededor de una hora, tiempo más que suficiente para que la ansiedad y los nervios asaltasen el cerebro, y sin embargo mi cabeza siempre se vio tranquila. Al menos durante el viaje.
Después de semanas de planificación y cientos de kilómetros recorridos, estábamos a meras cuadras de distancia. Te esperé en la calle, ocultando el entusiasmo mientras miraba hacia todos lados intentando verte venir, sin éxito. Y entre el barullo de la calle y la gente que caminaba apurada, escuche un saludo por mi espalda. Me di vuelta, y estabas ahí. No pasaron dos segundos antes de encontrarnos abrazados, verificando que el otro era de verdad y no una imagen en una pantalla, sintiéndonos. Habían dudas en la cabeza de los dos, de si seria incomodo vernos en persona, si seria lo mismo que nuestras charlas virtuales, si los nervios nos iban a ganar o no, y todas las dudas se disiparon en el correr de dos abrazos y un café: eramos vos y yo, era lo mismo que siempre pero juntos, y ahí empecé a sentir otros nervios, distintos a los primeros y mucho mas potentes.
Esos primeros momentos cuando nos vimos, mientras tomábamos ese café, sirvieron para vernos bien, observar los detalles de la cara del otro, el caminar, el hablar, el hacer, estábamos aprendiendo del otro, viéndolo en situaciones nuevas que nunca habíamos visto. Hablamos, decidimos que hacer en el día con la ayuda de una guía turística escrita y empezamos nuestro propio tour de Buenos Aires.
Primera parada: Barrio Chino.
Estabas contenta, se te veía en los ojos, en la cara, en la forma de caminar. Bajamos al subte, esperamos el tren y nos subimos, y nos sentamos. Y nos miramos. Y mis nervios.
Vos ya lo sabias, esta era el vigésimo cuarto octubre que estaba viviendo, y hasta entonces había vivido sin haber besado a nadie. Estaba nervioso, la inseguridad me tenia paralizado sin dejarme hacer lo que todo mi cuerpo me pedía que hiciera: besarte. Me pedías un beso con tus ojos y tu sonrisa, y lo único que podía responder era otra sonrisa que escondiera mi parálisis.
Para mi sorpresa decidiste que eso no era suficiente, agarraste mi brazo y lo reclamaste para vos. Yo no contendí el reclamo, ¿como pelearle a esa cara? Contenta con tu victoria, le diste un beso, el primero de tantos otros que iba a recibir.
El trayecto de subte terminó, subimos al nivel de calle y nos ubicamos, visitamos bibliotecas y hablamos de temas banales mientras caminábamos rumbo a nuestra primer atracción turística. Las ganas de llevarte de la mano, abrazada o de darte un beso se peleaban a muerte con mi inseguridad y nervios, mientras que en el exterior hacia conversación, y esquivaba la gente que caminaba.
Eventualmente llegamos al barrio chino, muy distinto de lo que esperábamos que fuera, sacamos fotos para recordar el lugar, me arrepiento de no haber sacado fotos para recordar con quien estábamos ahí. El recorrido del barrio estuvo lleno de risas y conversaciones de poca trascendencia, de cruces de calle raros y de uno agarrando al otro del antebrazo para que no cruzara porque venia algún auto. Nos cuidábamos el uno al otro, a una hora de conocernos en persona. Después de recorrer el misteriosamente-ausente-de-personas-provenientes-de-china barrio chino, nos sentamos en una parada de buses para decidir a donde ir, vos sacaste la guía turística, yo me desesperaba por darte un beso, tuvimos miradas donde me lo pedías, y yo solo te respondí sonrisas y chistes.
Para mantener la temática asiática, decidimos ir al Jardín Japonés de Palermo. Otra vez subte, otra vez me llevabas del brazo y le dabas besos, otra vez me mirabas a los ojos y otra vez yo no hacia nada. A esa altura ya no eran solo ganas de besarte, esas ganas estaban acompañadas no solo de mis nervios sino una decepción con mi inhabilidad de dejar atrás lo que me retenía y hacer lo que quisiera hacer.
Llegamos a nuestra parada, subimos las mil escaleras y caminamos las cuadras que faltaban para llegar, y llegamos a destino.
El Jardín Japonés estaba muy bien cuidado, totalmente ambientado y levemente visitado. Se sentía paz en el aire, un silencio raro para estar en el medio de una parte ajetreada de Buenos Aires, lo que lo hacia tanto mas valioso. Casi inmediatamente nos acercamos al lago del jardín y al puente que lo cruzaba de lado a lado, y nos encontramos con la enorme cantidad de carpas que viven allí. Disfrutamos del jardín a nuestro paso, a veces volviendo hacia atrás a observar algo de nuevo, a veces caminando sin mirar mucho. Hacia el final del primer camino, nos encontramos con un banco que nos hizo acordar lo mucho que veníamos caminando en la mañana, así que nos sentamos ahí.
No recuerdo mucho la charla que tuvimos, si recuerdo que en un momento me preguntaste si estaba nervioso. Supongo que a esa altura ya no podía esconderlo más, era eso o tuviste mucha suerte al adivinar. "Sí"-te respondí-" cuando recién nos vimos y durante el viaje no me sentí así, pero ahora parece que los nervios que deje atrás me están alcanzando". En el momento creí que recién cuando te dije eso entendiste lo que me pasaba, en retrospectiva creo que siempre lo supiste y estabas esperando verme ganarle a mis nervios. Fuera cual fuere, nos quedamos mirándonos a los ojos. No sé si te pedí ayuda con los míos, o si decidiste que mi calvario ya había sido suficiente, sé que te vi acercarte, y yo me acerque. Y te vi cerrar los ojos, así que cerré los míos. Y nos besamos, y fue un beso lleno de ternura. Y recuerdo hasta ahora como se sintió ese primer beso. En ese momento entendí el cliché cansando de las películas y los libros, donde el tiempo para y no sentís otra cosa y todas las demás imágenes pintadas y las palabras escritas sobre el tema. Si, es verdad, el primer beso, o al menos el mio, se sintió así. Creo que tuve la ventaja de tener mi primer beso lejos de la adolescencia, experimentar todo el suceso sin la sobredosis de hormonas por la que pasamos todos entre los doce a los dieciocho o veinte. No es algo que le sugeriría a nadie hacer, esperar tanto tiempo, pero es parte de como lo viví y creo que es bueno señalarlo. Recuerdo cuando terminó, nos separamos y me encontré con tu sonrisa cuando abrí los ojos. "¿Mejor?"-me preguntaste-"Si, mucho mejor" te respondí y sentí como una ola de alegría arrasaba con mi cuerpo y me tranquilizaba.
Estaba empezando apreciar todo lo que estaba alrededor mio. Creo que no pude sacarme la sonrisa por un buen rato, ya sea por nuestro primer beso o por el segundo o el tercero o el el último que nos dimos sentados en ese banco verde que desde entonces no puedo olvidar.
Salimos de ese banco abrazados, me mirabas de otra forma, más contenta y yo estaba más contento, distendido, disfrutando todo el ambiente, el clima, tu mirada, y todo lo que pasaba alrededor. Recorrimos el resto del Jardín y salimos en el momento que una visita de escolares entraba al parque, podría decirse que escapamos del lugar en el momento justo.