diciembre 06, 2015

Primer día

El primer día cayó a mediados de octubre, empezó casi ocho horas antes de vernos y en otro país.
Empezó con un viaje, primero en automóvil, luego en ómnibus, siguió en barco, y terminó con un micro bus.
Cada vez que hubo un cambio de medio de transporte, hubieron pausas de alrededor de una hora, tiempo más que suficiente para que la ansiedad y los nervios asaltasen el cerebro, y sin embargo mi cabeza siempre se vio tranquila. Al menos durante el viaje.
Después de semanas de planificación y cientos de kilómetros recorridos, estábamos a meras cuadras de distancia. Te esperé en la calle, ocultando el entusiasmo mientras miraba hacia todos lados intentando verte venir, sin éxito. Y entre el barullo de la calle y la gente que caminaba apurada, escuche un saludo por mi espalda. Me di vuelta, y estabas ahí. No pasaron dos segundos antes de encontrarnos abrazados, verificando que el otro era de verdad y no una imagen en una pantalla, sintiéndonos. Habían dudas en la cabeza de los dos, de si seria incomodo vernos en persona, si seria lo mismo que nuestras charlas virtuales, si los nervios nos iban a ganar o no, y todas las dudas se disiparon en el correr de dos abrazos y un café: eramos vos y yo, era lo mismo que siempre pero juntos, y ahí empecé a sentir otros nervios, distintos a los primeros y mucho mas potentes.
Esos primeros momentos cuando nos vimos, mientras tomábamos ese café, sirvieron para vernos bien, observar los detalles de la cara del otro, el caminar, el hablar, el hacer, estábamos aprendiendo del otro, viéndolo en situaciones nuevas que nunca habíamos visto. Hablamos, decidimos que hacer en el día con la ayuda de una guía turística escrita y empezamos nuestro propio tour de Buenos Aires.
Primera parada: Barrio Chino.
Estabas contenta, se te veía en los ojos, en la cara, en la forma de caminar. Bajamos al subte, esperamos el tren y nos subimos, y nos sentamos. Y nos miramos. Y mis nervios.
Vos ya lo sabias, esta era el vigésimo cuarto octubre que estaba viviendo, y hasta entonces había vivido sin haber besado a nadie. Estaba nervioso, la inseguridad me tenia paralizado sin dejarme hacer lo que todo mi cuerpo me pedía que hiciera: besarte. Me pedías un beso con tus ojos y tu sonrisa, y lo único que podía responder era otra sonrisa que escondiera mi parálisis.
Para mi sorpresa decidiste que eso no era suficiente, agarraste mi brazo y lo reclamaste para vos. Yo no contendí el reclamo, ¿como pelearle a esa cara? Contenta con tu victoria, le diste un beso, el primero de tantos otros que iba a recibir.
El trayecto de subte terminó, subimos al nivel de calle y nos ubicamos, visitamos bibliotecas y hablamos de temas banales mientras caminábamos rumbo a nuestra primer atracción turística. Las ganas de llevarte de la mano, abrazada o de darte un beso se peleaban a muerte con mi inseguridad y nervios, mientras que en el exterior hacia conversación, y esquivaba la gente que caminaba.
Eventualmente llegamos al barrio chino, muy distinto de lo que esperábamos que fuera, sacamos fotos para recordar el lugar, me arrepiento de no haber sacado fotos para recordar con quien estábamos ahí. El recorrido del barrio estuvo lleno de risas y conversaciones de poca trascendencia, de cruces de calle raros y de uno agarrando al otro del antebrazo para que no cruzara porque venia algún auto. Nos cuidábamos el uno al otro, a una hora de conocernos en persona. Después de recorrer el misteriosamente-ausente-de-personas-provenientes-de-china barrio chino, nos sentamos en una parada de buses para decidir a donde ir, vos sacaste la guía turística, yo me desesperaba por darte un beso, tuvimos miradas donde me lo pedías, y yo solo te respondí sonrisas y chistes.
Para mantener la temática asiática, decidimos ir al Jardín Japonés de Palermo. Otra vez subte, otra vez me llevabas del brazo y le dabas besos, otra vez me mirabas a los ojos y otra vez yo no hacia nada. A esa altura ya no eran solo ganas de besarte, esas ganas estaban acompañadas no solo de mis nervios sino una decepción con mi inhabilidad de dejar atrás lo que me retenía y hacer lo que quisiera hacer.
Llegamos a nuestra parada, subimos las mil escaleras y caminamos las cuadras que faltaban para llegar, y llegamos a destino.
El Jardín Japonés estaba muy bien cuidado, totalmente ambientado y levemente visitado. Se sentía paz en el aire, un silencio raro para estar en el medio de una parte ajetreada de Buenos Aires, lo que lo hacia tanto mas valioso. Casi inmediatamente nos acercamos al lago del jardín y al puente que lo cruzaba de lado a lado, y nos encontramos con la enorme cantidad de carpas que viven allí. Disfrutamos del jardín a nuestro paso, a veces volviendo hacia atrás a observar algo de nuevo, a veces caminando sin mirar mucho. Hacia el final del primer camino, nos encontramos con un banco que nos hizo acordar lo mucho que veníamos caminando en la mañana, así que nos sentamos ahí.
No recuerdo mucho la charla que tuvimos, si recuerdo que en un momento me preguntaste si estaba nervioso. Supongo que a esa altura ya no podía esconderlo más, era eso o tuviste mucha suerte al adivinar. "Sí"-te respondí-" cuando recién nos vimos y durante el viaje no me sentí así, pero ahora parece que los nervios que deje atrás me están alcanzando". En el momento creí que recién cuando te dije eso entendiste lo que me pasaba, en retrospectiva creo que siempre lo supiste y estabas esperando verme ganarle a mis nervios. Fuera cual fuere, nos quedamos mirándonos a los ojos. No sé si te pedí ayuda con los míos, o si decidiste que mi calvario ya había sido suficiente, sé que te vi acercarte, y yo me acerque. Y te vi cerrar los ojos, así que cerré los míos. Y nos besamos, y fue un beso lleno de ternura. Y recuerdo hasta ahora como se sintió ese primer beso. En ese momento entendí el cliché cansando de las películas y los libros, donde el tiempo para y no sentís otra cosa y todas las demás imágenes pintadas y las palabras escritas sobre el tema. Si, es verdad, el primer beso, o al menos el mio, se sintió así. Creo que tuve la ventaja de tener mi primer beso lejos de la adolescencia, experimentar todo el suceso sin la sobredosis de hormonas por la que pasamos todos entre los doce a los dieciocho o veinte. No es algo que le sugeriría a nadie hacer, esperar tanto tiempo, pero es parte de como lo viví y creo que es bueno señalarlo. Recuerdo cuando terminó, nos separamos y me encontré con tu sonrisa cuando abrí los ojos. "¿Mejor?"-me preguntaste-"Si, mucho mejor" te respondí y sentí como una ola de alegría arrasaba con mi cuerpo y me tranquilizaba.
Estaba empezando apreciar todo lo que estaba alrededor mio. Creo que no pude sacarme la sonrisa por un buen rato, ya sea por nuestro primer beso o por el segundo o el tercero o el el último que nos dimos sentados en ese banco verde que desde entonces no puedo olvidar.
Salimos de ese banco abrazados, me mirabas de otra forma, más contenta y yo estaba más contento, distendido, disfrutando todo el ambiente, el clima, tu mirada, y todo lo que pasaba alrededor. Recorrimos el resto del Jardín y salimos en el momento que una visita de escolares entraba al parque, podría decirse que escapamos del lugar en el momento justo.